μῦθος

“Comienzo por glorificar con mi canto a Deméter, la de hermosa cabellera y a su hija de delicados tobillos, a quien Aidoneo raptó, con la anuencia de Zeus de grave tronar que de lejos ve, cuando, apartado de Deméter, la Chrysáoros, ufana de sus frutos, jugaba con las hijas de Océano, de pronunicado seno, en el prado mullido recogiendo flores: rosas, azafrán, violetas preciosas, iris, jacinto y narciso, el que Gaia, por voluntad de Zeus y para agradar a Polydéktes, crió como engaño para la Core. Era una flor de brillo admirable, un prodigio para todos los que entonces la vieron, los inmortales dioses y los mortales hombres: de su raíz cien brotes habían nacido y el aroma del capullo rió todo el ancho cielo en lo alto, toda la tierra y el salado oleaje del mar. Ella, asombrada, tendió ambas manos para el hermoso juguete agarrar: mas se abrió la tierra de amplios caminos en la llanura de Nisa, por donde salió el sobrano Polydéktes con sus caballos inmortales, el hijo de Crono, el de muchos nombres. Tras raptarla, contra su voluntad, en su carro de oro se la llevaba entre lamentos: gritó alzando la voz, invocando a su padre el Crónida, excelso y supremo. Ninguno de los inmortales ni de los mortales hombres oyó su voz, ni los olivos ufanos de sus frutos, a no ser la hija de Perses de cándidos pensamientos, Hécate la de brillante velo, quien la escuchó desde su cueva, y Sol soberano, de Hiperión ilustre hijo, que la oyeron invocar a su padre el Crónida; mas éste, lejos, apartado de los dioses se sentaba en un templo rico en suplicantes, aceptando sacrificios propicios de los mortales hombres. A ella, contra su voluntad, se la llevaba con permiso de Zeus el hermano de su padre, el soberano de muchos, el huésped de muchos con sus caballos inmortales, el hijo de Crono, el de muchos nombres”.

Himno Homérico a Deméter (I-XXXIII)

“Y he elegido, para el signo bajo el que situarlos, el nombre a la vez floral y subterráneo de Perséfone, arrancado así a sus negruras terrestres y alzado hasta el cielo de una cabeza de capítulo. La hoja de acanto que se copia en el instituto cuando se aprende a manejar mal que bien el carboncillo, el tallo de una enredadera u otra planta trepadora, lo helicoidal inscrito sobre la concha del caracol, los meandros del intestino delgado y del intestino grueso, el serpentín arenoso que excreta una lombriz, el dulce bucle de los cabellos engastados en un medallón, el simulacro infecto que una ligera presión de los dédos extrae de mi pastelillo, los jaspeados desplegados sobre los cantos de ciertos libros encuadernados, los forjados curbados ‘modernistas’ de las entradas del metro, los rasgos de las iniciales bordantes en las sábanas y los almohadones, el caracol pegado con grasa sobre el pómulo de una prostituta en los viejos tiempos de Casco de Oro, la trensa delgada y más morena del cabo de acero, gruesa y más rubia de la maroma, las circunvoluciones cerebrales de las que ofrece un ejemplo, cuando se comen los sesos de cordero, la forma de tirabuzón de la viña, imagen de lo que más tarde será –una vez embotellado el zumo– el camino de la sangre, el caracol de un oído, las sinuosidades de un sendero, todo lo que es festón, voluta, follaje, guirnalda, roleo, arabesco, un espolón (que por las necesidades de la causa imagineré en forma de barrena) de pez espada, la espiral de un cuerno de carnero, todo eso creo descubrirlo en el nombre de Perséfone, en potencia y no esperando sino un imperceptible disparo para desencadenarse como la cinta de acero estrechamente apretado sobre sí mismo en medio de los engranajes de un movimiento de relojería o de muelle en espiral en la caja con la tapa cerrada de la que todavía no ha salido el diablo de hirsuta barba. Se trata pues, esencialmente, de un nombre en barrena –más ampliamente: de un nombre curvo, pero cuya suavidad no debe ser confundida con el caracter siempre más o menos lenitivo de lo que está debilitado, puesto que –al contrario– lo que tiene de puntiagudo y de penetrante es confirmado por el acercamiento que puede hacerse entre las sílabas de que está compuesto y las que forman el estado civil del insecto llamado perce-oreille [tijereta]. Pues no sólo ‘Perséfone’ y perce-orielle comienzan las dos por la misma alusión a la idea de [percée] abertura (en Perséfone más indecisamente, a causa de las más que le confiere algo ondulante y de herbal, de quimérico y de huidizo hasta el punto de que se estaría tentado, operando una fácil metatesis, de nombrarla el Hada Nadie [Fée Personne] uno y otro termina con una llamada al sentido del oído, puesto en juego, en el insecto, de manera expresa por el enunciado de la palabra oreille y, en la diosa, de manera menos directa por medio del sufijo -fone[...]. El insecto cuyo orificio principal es carcomer, para extraer su subsistencia, el interior de los huesos de las frutas y que a veces, se dice, perfora los tímpanos humanos por medio de sus pinzas tiene de común con lahija de Deméter que se sumerge en un reino subterráneo[...]. País profundo del oído…”.

Michelle Leiris

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